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Transición política y desaliento ciudadano, por José Machillanda

Hoy, 11 de junio, el régimen junto al bestiario militarista se regodean al haber impuesto una sociedad ahuecada y la calamidad político-social dentro de la nación venezolana que embarga, desarticula y hace sufrir al 87% de los venezolanos que pasan hambre, carecen de medicinas y verifican que no hay ni gobierno ni Estado, pero tampoco una oposición política democrática que responda a la resistencia civil que, por la vía de la desobediencia, contenga y logre desplazar esta barbarie del partido político en armas como gobierno. La desesperanza social clama, entonces, por las acciones apropiadas que muestren a un grupo de prohombres dispuestos a definir la transición política como la acción política pertinente para desplazar al usurpador.

La transición política entendida como un proceso de socialización que requiere tiempo, entrenamiento y ejecutorias de acciones de la oposición política, con lo cual estaríamos hablando de un vector con motivo, dirección y sentido que arroje -teniendo como actor al ciudadano democrático- los resultados para contener, desplazar y sustituir a este sistema militarizado, perverso y criminal que no tiene que ver con la política, pero sí con la polemología y el marxismo militarista representado de manera cruel por uniformados que dieron la espalda a la ética, a la sociología militar y a la historia.

La transición política pone de bulto a la sociedad ahuecada, perseguida, encarcelada y amenazada por las bocas de fuego. Después de allí se llega a la calamidad político-social, que se expresa en la diáspora, que reclama un liderazgo político cierto y que además se convierte en una amenaza para el hemisferio occidental. En esa compleja realidad crece la desconfianza de la ciudadanía y aparecen los signos de la fatiga, el monstruo de un tiempo indefinido y, por qué no, el juicio de la incompetencia de quienes se han puesto establecer fechas y prometer resultados, sin tener un fundamento científico-politológico, con lo cual no se logran objetivos políticos y sí crece la desesperanza por la anhelada democracia.

El ambiente político real es violento, lo cual habla del inminente peligro de la sociedad, la máxima incertidumbre y, sobre todo, el desaliento. Esta realidad tiene que detenerse, para lo cual están obligados quienes desde el 5 de enero asumieron responsabilidades políticas con la república a reorientar el cuerpo de acciones políticas. Reorientarlas privilegiando la ciencia política como ciencia de la conciliación que obliga a tener presente la ética, a ser realista frente el monstruoso régimen y comprender que la política nace en el barrio, en el municipio, en el caserío, y que es allá donde se requiere el esfuerzo del líder político vecinal para instruir, organizar y activar la transición política. Transición política entendida como resistencia civil, que por vía de la desobediencia al régimen produzca un efecto multidimensional que arroje resultados concretos: crecer como una masa de protesta vía la desobediencia que conduzca a la huelga general.

Nunca más se puede prometer ni fecha, ni contenido, ni acción distante del ciudadano hombre o mujer, que quiere se instaure la democracia, es decir, se entienda que el individuo está por encima de la comunidad y el Estado, pero por sobre todo está la Constitución y un cuerpo de leyes que obliga a un orden social. Orden social que empieza desplazando a civiles y militares que usurparon y usurpan el poder por cobardes, amorales que han venido usufructuando los beneficios políticos, económicos, sociales y de todo orden en una violación franca al gentilicio del venezolano, a través de la imposición de las bocas de fuego, del plan de machete y la peinilla en un proceso de regresión perverso e inaceptable en pleno siglo XXI.

Nunca más se puede retardar la necesaria transición política, que como desobediencia civil, unifique a hombres y mujeres que hoy expresan en su condición esquelética la huella de la tortura de un régimen autocrático-militarista, que como un monstruo en el escenario de la república no le importa el dolor, las penurias, el llanto y la amargura de los venezolanos. Quienes desde el 5 de enero asumieron roles políticos para lograr el cese de la usurpación, tendrán que -junto a la voluntad suprema del ciudadano- definir sin demora el cuerpo de acciones para la resistencia. Jamás piensen que la sociedad venezolana tolerará acomodo y posibilidades cercanas a un hecho electoral, por cuanto la única solución ante el militarismo obsecuente obliga, impone y recomienda la desobediencia al gobierno para deponer a este régimen e instalar un gobierno de transición.